Acabo
de llegar de Madrid de pasar un fin de semana con mis amigas Erasmus. Cuando
logramos juntarnos es como si el tiempo se hubiera detenido en Salerno. Han
pasado muchos años, pero en el fondo seguimos siendo las mismas. Con nuestra
forma de ser y nuestro carácter (bien distinto), pero nos complementamos y nos
equilibramos como grupo a la perfección.
Nuestras vidas sí que han cambiado y
nuestras obligaciones también, pero creo que es importante que nunca olvidemos
lo valientes que fuimos y las ganas de comernos el mundo que teníamos, esa es nuestra esencia y es la que nos tiene
que acompañar para seguir adelante.
Cuando
pienso en cada una de vosotras no puedo parar de reírme y a veces de llorar,
porque me vienen a la mente un montón de imágenes, palabras, situaciones... Y es
que ese año nos cambió la vida...
“Le
ha sido concedida una beca Erasmus para el próximo curso en la Universidad de
Fisciano, Salerno, Italia”
Mi historia, o más bien dicho, nuestra
historia empieza un 24 de septiembre de 2002, ni más ni menos hace 16 años.
Tenía
20 años cuando me monté en el avión con las expectativas tan altas como el
nivel de adrenalina, y, como buena filóloga, mi mochila con algunos libros y un
buen diccionario de italiano. Había leído alguna cosa sobre Salerno y había
buscado fotos en internet para hacerme un poco a la idea de como era.
Que
Italia era un país caótico lo llevaba bien aprendido, al igual que tenía muy
claro que quería explorar cada uno de sus rincones y descubrir todo aquello que
las ruinas de su historia escondían.
Cogí
un vuelo desde Barcelona hasta Nápoles con una chica de mi universidad. Ella no
venía a Salerno, se quedaba a estudiar en Nápoles. Me acuerdo que después de
llegar salimos fuera del aeropuerto para coger el Alibus, un autobús que te
llevaba al centro de la ciudad, donde yo tenía que coger un tren a Salerno.
Estaba un poco nerviosa, porque el recorrido que hicimos hasta llegar a plaza
Garibaldi me desanimó un montón. Un seguido de calles viejas, sucias, con toda
la ropa tendida, ratas... Vamos que la primera impresión fue de salir corriendo
y de empezar a pensar donde me había metido. Menos mal que al bajar del Alibus
delante de la estación de trenes conocí a Eva y a Virgina, dos chicas que
venías de Barcelona y que también iban a Salerno. Hicimos el viaje en tren
juntas y eso ya me tranquilizó un poco más.
Llegamos
a Salerno hacia las 7 de la tarde. Eva y Virgina me acompañaron al Albergho
Santa Lucía donde iba a pasar las siguientes 2 noches hasta encontrar un piso
donde alojarme los siguientes 9 meses. Luego nos fuimos a cenar y nos dimos una
vuelta por el casco antiguo, y la verdad es que nos gustó mucho. Era una ciudad
pequeña al lado del mar y muy cerca de las montañas y mucho más tranquila que
Nápoles.
Fue
una noche muy rara la que pasé en ese hotel. Tenía miedo de la soledad, pero
sin embargo un mundo totalmente nuevo se abría ante mis ojos. Por fin había
conseguido la libertad que tanto deseaba.