El
día en que ETA anuncia el abandono de las armas, Bittori se dirige al
cementerio para contarle a la tumba de su marido el Txato, asesinado por los
terroristas, que ha decidido volver a la casa donde vivieron. ¿Podrá convivir
con quienes la acosaron antes y después del atentado que trastocó su vida y la
de su familia? ¿Podrá saber quién fue el encapuchado que un día lluvioso mató a
su marido, cuando volvía de su empresa de transportes? Por más que llegue a
escondidas, la presencia de Bittori alterará la falsa tranquilidad del pueblo,
sobre todo de su vecina Miren, amiga íntima en otro tiempo, y madre de Joxe
Mari, un terrorista encarcelado y sospechoso de los peores temores de Bittori. ¿Qué pasó entre esas dos mujeres? ¿Qué ha envenenado la vida de sus hijos y sus
maridos tan unidos en el pasado? Con sus desgarros disimulados y sus
convicciones inquebrantables, con sus heridas y sus valentías, la historia
incandescente de sus vidas antes y después del cráter que fue la muerte del
Txato, nos habla de la imposibilidad de olvidar y de la necesidad de perdón en
una comunidad rota por el fanatismo político.
El
autor ha retratado las dos caras de una sociedad arcaica y patriarcal que ha
preservado los valores de unidad familiar (es significativo que
castellanohablantes y euskaldunes usen la misma nomenclatura vasca de la
jerarquía familiar: amona, aita, ama, osaba…) y donde la cuadrilla es el
instrumento de socialización de adolescentes y jóvenes. Y queda claro que la
misma mentalidad que sustenta una gran cohesión social ha sido el caldo de
cultivo natural de la justificación de la violencia y del ejercicio del acoso
fascista al sospechoso (pintadas manifestaciones, culto a los retratos de los
héroes).
No
es casual que Patria sea la historia
de dos familias que han sido inmemorialmente amigas y a las que ha enfrentado
el “conflicto”. Y cuya historia paralela es la errática, aunque decidida,
búsqueda de un perdón que unos han de pedir a los otros y que al final llega.
No sabemos sus apellidos familiares, sino solo los nombres de pila, lo que es
significativo. Gobiernan a las familias dos etxekoandreak (amas de casa), Miren
y Bittori, que dominan a dos maridos —el Txato, la víctima mortal de un
atentado terrorista, y Joxian, torpe, cobarde y sentimental— y a los cinco
hijos que encarnan toda la gama de biografías de una sociedad que ha ido
pasando de la vida pueblerina a la propia de una clase media semiurbana. Hay un
médico, lúcido y algo reservón, Xabier; un escritor en euskera que acepta su
homosexualidad, Gorka; un terrorista que purga su culpa, Joxe Mari. Y dos
mujeres que, en el fondo, heredan —cada cual a su modo— la resistencia, el
empeño y el fracaso de sus madres: Nerea, la aparentemente errática y egoísta
pero que crece moralmente con el paso de las páginas, y Arantxa, la marcada por
su mala suerte y a la que un ictus convierte en una inválida. Y en uno de los
personajes más logrados y emotivos de la novela, quizá el mayor y mejor de
todos.
El
orden del relato se ha sedimentado en un centenar de capítulos breves que
adoptan la unidad de un cuento. No los unifica la cronología estricta, sino una
sucesión de naturaleza emocional. También se ha diluido adrede (y con gran
efectividad) la responsabilidad narrativa: no sabemos quién cuenta porque las
frases —casi ráfagas— escritas en primera persona se mezclan con las formas del
estilo indirecto libre y con la presencia mayoritaria de un narrador que todo lo
gobierna y organiza. Y que quizá se autorrepresenta como el novelista que, al
final (en el capítulo ‘Si a la brasa le da el viento’), habla de sus novelas
vascas en un acto organizado, tras el abandono de las armas por parte de ETA,
al que significativamente asisten muchos personajes reales y otros de nuestra
ficción.
Patria es, sobre todo, una gran y meditada
novela. Pero la tradición del género lleva incluida la virtud de explicar a sus
contemporáneos algo del mundo que les ha tocado vivir, o que forma parte de su
herencia.
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